La comprensión de la mente
exige hoy abandonar modelos lineales y avanzar hacia enfoques capaces de
integrar múltiples niveles de organización. En este sentido, pensar el cerebro
desde tres dimensiones, lo iónico, lo sináptico y lo electromagnético, no implica establecer una jerarquía rígida,
sino reconocer una dinámica de co-determinación. Cada uno de estos niveles
constituye una perspectiva sobre un mismo proceso: la actividad cerebral como
sistema complejo en permanente reorganización. A su vez, el principio de
energía libre formulado por Karl Friston permite interpretar cómo estos niveles
se ajustan frente a la sorpresa, entendida como la discrepancia entre lo
esperado y lo percibido.
En el nivel iónico se
sitúa la base físico-química del sistema. Las neuronas operan mediante el
movimiento de iones, principalmente sodio, potasio y calcio, que generan
diferencias de potencial y posibilitan la aparición de los potenciales de
acción. Este nivel no es un simple soporte pasivo, sino una dimensión activa
donde se definen las condiciones mismas de la señal. Cuando un estímulo del
entorno es captado por los sistemas sensoriales, se produce una transducción
que transforma energía física en variaciones en estos flujos iónicos. Así, la
irrupción de lo observable no se manifiesta como un campo que ingresa al
cerebro, sino como una perturbación en los equilibrios electroquímicos que
sostienen su funcionamiento.
El nivel sináptico
introduce la organización relacional del sistema. Las neuronas se articulan en
redes complejas donde la información se transmite a través de sinapsis químicas
y eléctricas. Es en este plano donde adquiere centralidad la plasticidad, es
decir, la capacidad del cerebro para modificar la eficacia de sus conexiones en
función de la experiencia. Frente a un evento inesperado, los cambios no se
limitan a la actividad momentánea: si el estímulo resulta significativo, las
conexiones se reorganizan, fortaleciendo ciertos circuitos y debilitando otros.
Desde la perspectiva del principio de energía libre de Karl Friston, este
proceso puede entenderse como una actualización del modelo interno del sistema,
orientada a reducir el error de predicción y a construir nuevas formas de
anticipación.
El nivel electromagnético
emerge necesariamente de los anteriores, ya que toda corriente eléctrica genera
un campo. La actividad sincronizada de poblaciones neuronales produce campos
que pueden medirse mediante técnicas como el electroencefalograma o la
magnetoencefalografía. Este nivel ha dado lugar a un debate aún abierto.
Mientras que la posición dominante lo considera un correlato de la actividad
neuronal, algunas propuestas, como la de Johnjoe McFadden, plantean que podría
desempeñar un rol en la integración global de la información. No obstante, la
evidencia disponible indica que su capacidad para modificar directamente el
flujo iónico en otras neuronas es limitada, lo que sugiere un papel más
modulador que causal. La articulación de estos
tres niveles permite comprender de manera más precisa la respuesta del cerebro
frente a la sorpresa. El paralelismo con el Principio de Le Châtelier resulta
aquí esclarecedor: una perturbación no conduce a la restauración de un estado
previo, sino al establecimiento de un nuevo equilibrio que compensa las
condiciones alteradas. De manera análoga, el cerebro no retorna a su
configuración anterior, sino que reorganiza simultáneamente sus dinámicas
iónicas, sinápticas y electromagnéticas para alcanzar una nueva estabilidad
funcional. Este proceso incluye tanto ajustes rápidos en la actividad eléctrica
como cambios más lentos y duraderos en la conectividad.
Ahora bien, reconocer que
toda actividad cerebral posee una expresión electromagnética no implica afirmar
que este nivel constituya el principal canal de interacción con el entorno.
Dicha interacción se realiza fundamentalmente a través de la acción, el cuerpo
y los sistemas sensoriomotores. Sin embargo, el campo electromagnético puede
entenderse como la manifestación global de la dinámica neuronal, lo que abre la
posibilidad de considerarlo como un nivel de integración que no se reduce
completamente a las interacciones locales.
Desde la nanopsicología,
esta perspectiva multiescalar adquiere un valor singular. Pensar la mente
implica considerar la interacción entre procesos que van desde el movimiento de
partículas cargadas hasta la formación de patrones globales de actividad. En
este marco, la mente no se identifica exclusivamente con ninguno de estos
niveles, sino que emerge de su interacción dinámica. La sorpresa, la adaptación
y el aprendizaje atraviesan simultáneamente lo iónico, lo sináptico y lo
electromagnético, configurando un sistema en permanente transformación.
El cerebro no puede
comprenderse adecuadamente desde una jerarquía lineal de niveles, sino como una
unidad compleja donde distintas dimensiones físicas y funcionales se implican
mutuamente. La minimización de la energía libre no ocurre en un único plano,
sino como resultado de la interacción entre estos niveles, dando lugar a nuevos
equilibrios que redefinen continuamente la relación entre el organismo y su
entorno. En ese espacio de intersección, entre lo medible y lo aún no completamente
explicado, se abre un campo fértil para el desarrollo de enfoques integradores,
donde la nanopsicología puede ofrecer un marco conceptual capaz de articular lo
físico, lo biológico y lo experiencial en una misma trama explicativa.
Referencias
Karl Friston (2010). The free-energy principle: a
unified brain theory? Nature
Reviews Neuroscience.
McFadden, Johnjoe (2020). Integrating information in
the brain’s EM field: the cemi field theory of consciousness. Neuroscience of Consciousness, 2020, 1,
niaa016.
D’Andrea, Alberto L.(2025) El secreto electromagnético de la consciencia.Biotecnología
& Nanotecnología al Instante:
https://infobiotecnologia.blogspot.com/2025/06/consciencia-oculta-en-los-campos.html
David
Chalmers (1996). The Conscious Mind. Oxford University Press.
D’Andrea,
Alberto L. (2026). Nanopsicología. La psicología del siglo XXI. Editorial
Autores Argentinos. Argentina.
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