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sábado, 22 de noviembre de 2014

Biotecnología, desde el campo a la mesa.

Alberto L. D'Andrea. Agropost, Nº134, 2014
La biotecnología utiliza seres vivos o partes de seres vivos para dar respuestas a las crecientes necesidades socioeconómicas relacionadas con los alimentos, la energía, la salud y el medio ambiente. Cuando a principios de 1973, Stanley N. Cohen y su colaboradora Annie C.Y. Chang  de la Universidad de de Stanford con sus colegas de la Universidad de San Francisco Herbert W. Boyer y Robert H, Helling, realizaron la primer experiencia de la nueva ingeniería genética para lograr recombinar ADN; la biotecnología se subdividió en dos grandes ramas, la clásica íntimamente ligada a los procesos fermentativos y la moderna en la cual reina la ingeniería genética. Ambas, tanto por separado como integradas, condujeron a una verdadera revolución en la producción de alimentos.
La inmensa mayoría de los alimentos sufren trasformaciones biotecnológicas para llegar a la nave del supermercado. Los animales y las plantas de los que provienen estos alimentos han sido modificados por el hombre en múltiples aspectos para adecuarlos a las necesidades de producción, o tratando de mejorar sus propiedades nutritivas, o para cambiar  sus cualidades sensoriales. Una vez en la industria, muchas de estas materias primas animales o vegetales sufren trasformaciones mediante microorganismos como bacterias, hongos y levaduras, los cuales han sido seleccionados y mejorados previamente buscando las características apropiadas. Igualmente es práctica común en la industria de los alimentos el empleo de enzimas en algunas fases de la producción generalmente extraídas de cultivos de  microorganismos.
Ilustremos con un ejemplo. A partir del maíz transgénico (biotecnología moderna) se puede obtener utilizando la enzima glucosa isomerasa, extraída  de distintos cultivos de microorganismos como los Streptomyces e inmovilizada (biotecnología clásica), jarabe de maíz de alta fructosa (JMAF). El jarabe de maíz en mayor o menor proporción se utiliza en la fabricación de muchísimos productos elaborados de consumo diario.
En la campaña 2013/14, prácticamente el 95% de la superficie destinada a la producción de maíz en la Argentina fue sembrada con variedades genéticamente modificadas. Un gran número de constituyentes del maíz pasan por un proceso industrial y son manufacturados y comercializados. La variedad de su utilización es muy grande. En los Estados Unidos se detectó que existen más de 1.000 productos comerciales para la alimentación humana y animal conteniendo en mayor o en menor grado componentes del maíz transgénico. Esos productos utilizan mayoritariamente el almidón o fécula (agente espesante y de retención de humedad), el jarabe de maíz de alta fructosa (JMAF), la harina, y el aceite del maíz. A nuestra mesa llegan en  confitados, fideos, mostaza, cerveza, tortas, bebidas colas carbonatadas, salsas de tomates, cereales preparados, leche condensada, postres, licores, quesos crema, embutidos, frutas enlatadas, salsas, sopas deshidratadas, polenta, galletitas, alfajores, pan, papa fritas, mayonesa, margarina, aceite de cocina, condimentos, helados … Simplemente un enfoque del tema considerando sólo un cereal. En otro contexto podríamos agregar también el aporte de la biotecnología clásica-moderna para la producción de microorganismos adicionados en los probióticos o el de la biotecnología moderna  en la utilización de microalgas modificadas genéticamente para la obtención de agentes para fortificar los alimentos como el ácido graso omega 3.
Mirando hacia el futuro y con el avance a la secuenciación humana masiva pronto conoceremos nuestras carencias, necesidades e inconveniencia de distintas sustancias en nuestra alimentación y podremos producir alimentos centrados en la biotecnología moderna capaces de darnos lo necesario; algo como una dieta personalizada a denominarla dieta genogenética  sobre la cual seguramente Agropost publicará algún artículo en los próximos 10 años.  

sábado, 16 de noviembre de 2013

El vaso medio lleno, el vaso medio vacío.

La carrera para la obtención de combustible a partir de microalgas empezó en 2005 con el alza del precio del petróleo y la necesidad latente de incorporar  la producción diaria de combustible, para los 1000 millones de vehículos existentes en la tierra, al ciclo de la fotosíntesis de modo de utilizar un recurso renovable alternativo más “limpio” y con un menor impacto en el medio ambiente.
A la fecha, la cantidad de empresas desarrollando combustibles a partir de microalgas (biogás, biodiésel, biopetróleo,…) se incrementa significativamente año a año. Plantas piloto aceleran la puesta a punto y algunas empresas ya encaran la producción a una escala mayor. Todas las petroleras importantes están financiado o experimentando en forma directa alguna planta piloto para obtener combustible a partir de microalgas.  Este vaso medio lleno enfrenta el comentario de los impacientes y objetivos: “…mucho se habla del combustible a partir de microalgas, pero al presente no se produce en las cantidades necesarias…” dejando la sensación de fracaso en tales emprendimientos. Dentro de quienes miran el vaso medio vacío hay algunos más moderados “…estamos a 10 o 20 años de la producción masiva de biocombustibles de microalgas y es necesario invertir muchísimo dinero en investigación para lograrlo…”
Me gustaría recordar que entre la perforación del  primer pozo de petróleo exitoso (Pennsylvania, 1859) y el primer coche a nafta (patentado en 1886 por Carl Benz) transcurrieron 27 años y entre el descubrimiento de la penicilina (Alexander Fleming en 1928) y su producción masiva-comercialización (1941) debimos esperar 13 años.
Tal vez no sea importante si el vaso está medio lleno o medio vacío, hay algo dentro del vaso, biotecnólogos e inversores dispuestos a no seguir sacando  el petróleo enterrado e inofensivo y convertirlo en CO2 a una velocidad de 95 millones de barriles diarios. Biotecnólogos e inversores tratando de introducir la producción de combustible para esos 1000 millones de vehículos en el ciclo de la fotosíntesis de modo de lograr algún nuevo y viable equilibrio en la tierra. 

domingo, 29 de septiembre de 2013

Microalgas + Unilever + Bunge + Solazyme.

La gigante de productos de consumo Unilever acordó la compra a partir del año próximo de 11 millones de litros de aceite de microalgas a la  start-up biotecnológica Solazyme. El aceite será entregado en un plazo de 12 a 18 meses. La operatoria es parte de un acuerdo de colaboración por cinco años entre las empresas y la causa por la cual Solazyme construye una planta en Brasil conjuntamente con la empresa Bunge líder en agroindustria y alimentación. Cuando la planta esté completamente operativa podrá producir cerca de 110 millones de litros de aceite al año.
El acuerdo representa para Solazyme un paso importante hacia el incremento en la escala de producción como etapa intermedia necesaria antes de la fabricación a gran escala de biocombustible. Para Unilever el acuerdo constituye un refuerzo a su iniciativa de reducción del impacto ambiental global y del objetivo de llegar al 2020 utilizando sólo materias primas agrícolas renovables. 
Toda una señal de la creciente aceptación general de los productos derivados de las microalgas.